 Los chavistas son muchos menos de los que ellos creen, pero más de los que nos gustaría que fueran, con lo cual es tan difícil que nos impongan un socialismo castrista a garrote, como que logremos consolidar una democracia digna de ese nombre en Venezuela.
Por: Luis E. De San Martín R. Todo parece indicar que Venezuela se acerca al dramático momento de decidir su futuro en un referéndum que es en sí mismo la negación misma de la democracia, porque los derechos y libertades inalienables que se ponen a consideración del electorado no pueden ser suprimidos por cualquier veleidad de la opinión pública; es decir, el 50% más uno no debe aceptarse como argumento suficiente para suprimir los principios y valores fundamentales que se consagran, mal que bien, en la Constitución vigente. Incluso en el supuesto negado de que el sistema electoral fuera confiable, imparcial y transparente.
La dirigencia opositora parece haber logrado convencer al electorado democrático de la necesidad de participar en la consulta sobre la reforma, a pesar de la convicción muy extendida de que el gobierno no dudará en activar los mecanismos de manipulación que le facilita esa máquina de hacer fraudes que es el Consejo Nacional Electoral (CNE). El argumento de que hay que aprovechar los resquicios cuando se enfrenta al autoritarismo pesó más en la opinión pública que la defensa de los valores superiores; primó el pragmatismo de la realpolitik de quien no cuenta con el poder de las armas para presionar hacia el consenso, pero que dispone de razones y voluntades de una población insumisa que crece y crece. Los chavistas no se conforman con el control sectario de las instituciones del Estado como hasta ahora, haciendo gala de unos escrúpulos similares a los de una banda de pederastas en un kindergarten, puesto que han comprobado que la sociedad democrática no acaba de doblar completamente la cerviz ante el socialismo obligatorio del siglo XXI. Sus métodos son los de los castristas que organizan actos de repudio violento contra todo aquel que se le ocurra hablar de libertad en la “isla cárcel” y que tenga la mala fortuna de ser etiquetado con la amplísima categoría de contrarrevolucionario que se inventan según la ocasión. Su vocación liberticida es un síntoma palmario de la baja autoestima que padecen producto de sus frustraciones personales y carencias morales, falencias de las que nos culpabilizan a todos por igual y que nos quieren hacer pagar doble, mientras observamos como se enriquecen con los dineros públicos con una impudicia que los reconocerá como miembros privilegiados del teatro político de la infamia. Ya en las vísperas del referéndum constitucional intentan amedrentar físicamente al canal de noticias Globovisión porque no soportan ver, con toda crudeza, la arbitrariedad de sus actos, evidenciando lo que le espera a la libertad de expresión si llegaran a aprobar ese bodrio antidemocrático el próximo 2 de diciembre. Los chavistas son muchos menos de los que ellos creen, pero más de los que nos gustaría que fueran, con lo cual es tan difícil que nos impongan un socialismo castrista a garrote, como que logremos consolidar una democracia digna de ese nombre en Venezuela. Además, hasta para ser malos hay que ser serios y la ineficiencia de que hacen ostentación convierte a este régimen en algo más parecido a un caudillismo feudal y gansteril africano que a un socialismo real de corte soviético. ¿Cuántos chavistas fanáticos son necesarios para subyugar a los venezolanos? Bastantes más de los que son en la actualidad y con una disciplina mayor. El caudal de petrodólares les facilita el mantenimiento de bandas armadas motorizadas que pasaron de la delincuencia común a la política ataviados de franelas, boinas rojas e impunidad. No niego las terribles consecuencias que sobre la convivencia civilizada generan, pero veo poco factible que logren configurar una policía política homologable al G-2 cubano y una red de delatores con la eficacia de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) a corto plazo. Cada vez son menos los que están dispuestos a matar y a morir por esta quimera perversa; pero, por pocos que sean, van a causar mucho daño a nuestra vida en sociedad y el escenario que se abre a partir del próximo 2 de diciembre nos augura una nueva crisis de gobernabilidad en la que la conflictividad social se agravará si Hugo Chávez no recula tácticamente visto el gran rechazo que su propuesta genera en el seno mismo de su propio movimiento. Si, como esperamos muchos, el presidente huye hacia delante y consuma el fraude electoral otra vez, no seremos sólo los opositores de siempre los burlados, porque a nosotros se sumará una cantidad nada desdeñable de chavistas desengañados que, más pronto que tarde, estarán dispuestos a iniciar un proceso de reconciliación y reconstrucción nacional y a superar todo lo que conspire contra este objetivo. Llegando eventualmente a producir una ruptura de lealtades en el estamento que más mima, teme y espía el régimen: el militar. No se decide la continuidad de Hugo Chávez en el poder, aunque el teniente coronel así quiera venderlo a su clientela, por lo que el próximo lunes estará allí para recordarnos lo mucho que le hemos dejado hacer en el gobierno. Si por algún cruce de astros se llegara a reconocer la victoria del No en el referéndum del próximo domingo, se habrá logrado un importante paso hacia el cambio de ciclo, pero no el definitivo. Votar se ha convertido más en un acto de movilización colectiva que en un instrumento de elección confiable capaz de resolver las disputas políticas de una manera civilizada. Por tanto, la templanza debe acompañarnos en esas horas de angustia del domingo y en los días posteriores, porque el desánimo y la dispersión no pueden ser opciones a partir de ahora que contamos con el fresco grito de libertad de los estudiantes.
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